El Mundial de 2014 encarrilaba la penúltima vuelta, la que dejaría detrás al menos dos bólidos de escuderías históricas, cuando a un océano de distancia un anciano exhaló un último y brevísimo suspiro. Él no estaba en el Mundial; es más, nunca había estado en un Mundial. El fútbol le había dejado atrás en eso y en un montón de cosas más, quizá por los celos acumulados de todos aquellos años en los que lo tuvo por delante, donde sólo le veía las espaldas recias y blancas. Ahora el anciano se había quedado atrás del todo; o quizá no, quizá había pegado el último sprint para pasarnos de largo (el último vuelo de la Saeta) y descubrir al final un nuevo campo de fútbol. Los últimos serán los primeros.
Me lío con la simbología porque Di Stéfano siempre fue demasiado grande para nosotros. Nunca pudimos entenderlo, nunca logramos conceptualizarlo. Crecimos escuchando su nombre, viendo sus fotos, atisbando en clips cortísimos un borrón blanco que pateaba una mancha marrón. Nos decían que había sido el más grande y nosotros lo repetíamos; pero no lo sentíamos, no podíamos sentirlo. ¿Cómo podía impresionarnos ese hombrecillo de calva evidente y pantalones ridículamente cortos, del que sólo parecía haber grabaciones de trece segundos de duración y encima ninguna de chilenas, voleas ni cabezazos estratosféricos? Los más grandes los teníamos delante: eran Hierro, Zamorano, Laudrup, Suker, Mijatovic, Sanchís. Era el primer negro que vimos en nuestra vida, ese Seedorf de pelo incomprensible que Ángela, mi compañera de pupitre a la que aún espero que el destino me una algún día, me confesó que le gustaba más aún que Raúl. Y luego ya vinieron Figo, Zidane, Ronaldo, Beckham, y ya fue el acabóse. Los viejos del Bernabéu podían gruñir todo lo que quisieran (tras sus bufandas, bajo sus boinas, entre sus atracones de pipas) que ninguno de aquellos dandis se podía comparar con la Saeta. Nosotros, hijos de las videoconsolas, del cambio rápido de metralleta al lanzallamas con el R1, nos reíamos. Las saetas eran cosas de viejos.
No fue hasta aquella noche tan mágica y tan extraña de la Décima que me di cuenta de lo que había sido Di Stéfano. Andando hacia Cibeles con mi hermano me di cuenta de que a lo largo de mi vida había visto al Madrid ganar cuatro Ligas de Campeones, ninguna consecutiva, y todas después de un baile interminable de jugadores, entrenadores, millones, portadas del Marca. Y me intenté imaginar lo que habría sido ver al equipo de nuestros amores ganar CINCO COPAS DE EUROPA SEGUIDAS. Y encima en aquella España, en aquel país pobre, ignorante, ramplón y desesperado, en aquel arrabal de Europa que parecía haber abandonado el deseo de parecerse a los demás, y se conformaba con parecerse a sí mismo. Esa España que mostraba su verdadero genio en una serie de motes irrepetibles; porque si la Saeta Rubia es un poema en sí mismo, la Galerna del Cantábrico (Paco Gento) ya es un poema byroniano, y Cañoncito Pum (Puskas) una oda a un país que jamás volverá a ser tan inocente, tan ignorante, tan sencillo. Pues esa España, precisamente esa España, es la que de pronto, de la mano de un argentino malhumorado y alopécico, conquistó Europa. Y no una, sino cinco veces. Tomad, ingleses, franceses, alemanes, italianos; vosotros os quedáis nuestros jóvenes emigrantes, pero nosotros nos quedamos vuestros trofeos.
Hoy, leyendo las esquelas, también me he dado cuenta de que Di Stéfano era otra manera de entender el fútbol. Toda la sabiduría del mundo reside en las dos palabras con las que decidió culminar su carrera: "Gracias, vieja". ¿Qué estrella de hoy en día se da cuenta de que no le debe todo a su fisioterapeuta, ni a su agente, ni a su asesor de imagen, ni a su peluquero, ni siquiera a su madre ni a su entrenador ni a su Dios, sino a la pelota? Sólo podía decir eso alguien que se diera cuenta de que lo único cierto en el fútbol es el esférico, que lo demás son estelas en la mar (aunque las provoque un yate con ocho modelos rusas a bordo). Sólo podía decir eso alguien que se diera cuenta de que es la pelota la que saca del arroyo a chavales que estaban destinados a la mediocridad o, peor aún, a la miseria. Sólo podía decir eso alguien que entiende que la pelota es la misma si está hecha de cuero o de papel, si está sobre un astroturf o sobre la pista de cemento del colegio. O sobre el descampado que queda a las afueras del pueblo. O entre las piernas de Alfredito, el hijo de immigrantes italianos.
Los viejos se morirán antes que nosotros, sí. Pero se llevan la razón consigo. Y también se llevan otra cosa: el privilegio de haber visto al Alfa del Real Madrid, de haber estado ahí cuando un inmigrante a mediados de su carrera dijo "hágase la luz", cuando aquel rubiales barriobajero pasó su ADN a las mocitas madrileñas que nos engendraron. ¿Cómo? Él mismo lo dijo: "Meter goles es como hacer el amor. Todos saben cómo hacerlo, pero ninguno como yo".
PD "Me fui al Real Madrid y no al Barcelona porque soy un vencedor y no un perdedor". Eso también lo coló.
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