lunes, 14 de julio de 2014

Roma (México-Holanda)

Los viajes muestran los peor de la gente y de las idiosincrasias de los pueblos. Los españoles viaja como plaga: numerosos, tribales y devastadores; recordando todo el tiempo las bondades insuperables de su pueblo natal (Grajal de Campos, caput mundi). Los chinos mezclan lo peor de los nuevos ricos (la opulencia ofensiva y el analfabetismo funcional) con algunas herencias de la revolución cultural (el gusto por y la necesidad de aglomerarse en números de por lo menos cuatro cifras). Los gringos caminan en chanclas (chancletas dice la RAE) con la seguridad de los cesares caminando por los imperios sometidos, olvidando aquello de como te ves me vi y como me ves te verás. Los mexicanos siempre viajamos en familia. Los mexicanos…
Después de cinco días en Roma dedicados a Bernini, comer alcachofas y gelato, mi hermana y yo decidimos que sólo tomaríamos helados en la Palmera, donde se ofrecen 150 sabores distintos. En la Palmera, los helados son espesos y cremosos, ofreciendo lujos al paladar que no intentaré describir y que me limito a nombrar: ricota con salsa de higo, profiteroles, avellana, pistache tostado, canela, higo con nuez, albaca, crema de cacahuate.
Yo cuchareaba el helado de pastel de queso de mi hermana, cuando se pararon frente a las vitrinas de sabores una familia de mexicanos. El más pequeño, de unos ocho años, quería helado de nutella y su mamá la explicó que podría elegir otro sabor. No dudó y dijo con convicción: nutella y chocolate. La hija, un poco más grande pero con igual convicción, pidió de chocolate oscuro y sopa inglesa. Su mamá pidió melón y capuchino. A  la mamá la volvimos a ver días después en la tienda de los museos vaticanos, sosteniendo una bolsa de celofán en una mano y una cuchara de plástico blanco en la mano, que hundían en un contenedor de rosarios que compró a granel.
 El papá se tomaba su tiempo en decir, como si tuviera dificultad para leer los sabores, múltiples como las riquezas de Alí Babá. Mientras tanto el heladero servía las primeras tres órdenes, bromeando con los niños y aprovechando para coquetear con su mamá. El papá, discapacitado para las metáforas y el doble sentido, pensaba que bacio era un sabor de helado. Finalmente se decidió por limón y, por eso, le puse atención. Llevaba el cabello corto y gel que no necesitaba, tratando de detener la calvicie que comenzaba a agrandarle la frente. Iba sin rasurar y completaba su aspecto con una camisa de lino color azul cielo, pantalón rojo de algodón y tenis blancos de tela. Trabajaría para el gobierno o un banco y querría comprar un yate antes de cumplir cuarenta y cinco.
Pidió de limón. -Limón y ¿qué otro?-, le dijo el heladero, en un español sin acento. -Y limón-, contestó el papá, como señalando lo obvio. Estiró el brazo esperando su copa, dejando al descubierto su reloj, colocado entre una pulserita de la Virgen(cita) y otra de cuero, comprada en Campos Elíseos, pero que bien pudo conseguir con un vendedor playero en Acapulco. “Limón”, pronunció con lentitud el heladero al servir la primera bola. Tomó una pausa antes de servir la siguiente, como esperando un cambio de opinión sobre el sabor. Hundió la cuchara por segunda vez. Finalmente, colocó la copa de plástico sobre el mostrador, diciendo con un suspiro “limón”, pero pensando en que cuándo tenía ocho años le habían sacado las anginas. Durante los tres días postoperatorios, sólo comió, sin tener realmente hambre, helado de limón. Desde entonces, nuestro heladero no volvió a comer helado de aquel sabor, pensando que sólo los enfermos de las anginas, las papilas gustativas y el cerebro necesitaban de ese helado. Yo también me quedé algo sorprendido porque no quiso otro sabor y le dije a mi hermana: -qué no ve  que hay otros 149 sabores. Ella sonrió con mi indignación.

Aquella noche jugó México con Holanda. Cenamos en el Trastevere con Santiago que estaba de paso camino a Nápoles para ver unos frescos de Ribera y terminar su libro. Llegó al restaurante con un amigo italiano cuarentón que me presentó como Antonio Frapuccino, restaurador, historiador del arte y prosista.
El primer tiempo sólo lo vio mi hermana. El juego estaba aburrido y con la llegada del plato de alcachofas, Antonio aprovechó para preguntarme si ya habíamos ido a la Villa Borghese a ver las esculturas de Bernini. Mi opinión le importaba poco y lo que quería era continuar su conversación con Santiago. Santiago cayó en la trampa y empezó a comparar el Apolo y Dafne con el Rapto de Proserpina. Él decía que las figuras de Apolo y Dafne parecían más unidas, pero que esto era un engaño propio del Barroco. La mano de Apolo toca a Dafne para encontrarse con la áspera corteza del laurel en su mano divina. Apolo sólo alcanza a sentir en la superficie de su pulgar la ternura de la piel de Dafne. Yo asentía, pensando que tendría que volver a ver los mármoles con más tiempo y detalle, en vez de sacar fotos.
Antonio quería hablar, pero Santiago no dejaba la palabra, ahora comentando el rapto de Proserpina: -Es lo opuesto a Dafne. Hades se aferra a las piernas de Proserpina, hundiendo y marcando con sus manos los muslos de mármol de la diosa-. Finalmente, Antonio interrumpió el monólogo de Santiago, aprovechando la distracción  del inicio del segundo tiempo. México y Holanda salieron a la cancha con los mismos once y Antonio retomó la discusión defendiendo que una obra maestra es primero un derroche de genialidad técnica y que en eso sólo Miguel Ángel alcanza la perfección. Luego entró en detalles sobre el cincelado del mármol que yo no entendía. Mi atención regresó por completo al juego con el grito de gol de mi hermana: -gol, gol de Giovanni-  abracé a Santiago y a mi hermana. Me olvidé de Miguel Ángel, del vino y la pizza y me perdí en el lento transcurrir del juego.
Antonio siguió con Miguel Ángel, pero yo me quedé atento al partido y Santiago perdió la belicosidad en la discusión, más pendiente en el cuánto falta que en seguir defendiendo a Bernini. Cayó el gol de Sneijder, que mi hermana vio venir mejor que la defensa, exhalando antes de que el balón llegara al holandés un lacónico y contundente lo dejaron solo. Entonces, Antonio entendió que la discusión había terminado y dejó de hablar. No sabía si no le gustaba el futbol o ignoraba el partido, resentido por la eliminación de Italia en la fase de grupos (por segundo mundial consecutivo).

Luego vino el penal. Al principio ni nos inmutamos, pensamos que la jugada seguía y que el árbitro llamaba a Robben para amonestarlo. Siguió la incredulidad, confirmada por todos los ángulos de la repetición. Guillermo Ochoa se lanzó al lado contrario en el penal; Holanda 2, México 1. Yo me quejaba de Robben, Santiago del árbitro y mi hermana de Herrera, por echar al equipo tan atrás. Antonio se limitó a decir: - el engaño un despliegue de técnica desafortunado para el juego, para el arte- . Nos quedamos en silencio; el árbitro terminó el partido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario