sábado, 28 de junio de 2014

Penales

No vi el juego, vi el final del juego.

Estaba haciendo otra cosa antes; cenando sin hambre y pensando en el día tonto, en irme a casa a aspirar y poner un par de cargas en la lavadora. Doméstica y vana, resignada a que este sábado sería un limón seco. No se escribirán mil doscientas palabras de genio en una tarde en la que llueve y se compone del mismo modo en que la luz de mi cuarto se enciende y apaga a voluntad, porque no he tenido la diligencia de reportarla. Al minuto ochenta y tres N me envió un mensaje para preguntarme si lo estaba viendo.

No. 

Revisé el marcador y vi el 1-1.

Shiiiit!!!

Estaba en la oficina. Al lado tenemos una sala social diseñada, entre otras cosas, para ver la televisión en pantalla gigante. Un tipo al que nunca había visto antes se me había adelantado y veía con atención el descanso de los jugadores antes de que comenzara el tiempo extra. En Cambridge había llovido y ni en la calle, ni en la oficina, ni en el parque que se puede ver desde el tercer piso, en ningún lado había otra alma. No puedo decir mucho de esos minutos porque para esas cosas tengo poca memoria. Antes había pensado escribir sobre personas que se tiran al mar; sacrificios humanos para un dios tan sordo y tan bruto como sus feligreses. Estando frente a ese televisor, sin embargo, en esos momentos en los que solamente existíamos el extraño, yo y el absurdo espectáculo de nuestra esperanza, supe que sería otra cosa.

El tipo claramente le iba a Chile, como yo. Estábamos igual de solos. Yo con mi teléfono que no tiene Internet, él con las manos vacías sobre sus mejillas de héroe antiguo, su gesto de samurai. Comenzaron los penales y yo me tallaba el rostro, miraba por la ventana hacia cualquier parte; detesto los penales. Él se sumergía en la pantalla prendido de un rezo silencioso. Chile falló los primeros dos pero no el tercero.

Ése es el momento.

Chile anotó su tercer intento y yo me levanté del asiento, explotando en un grito profundo cuya fuerza era ajena a mí. Al final de mi grito lo encontré a él, el extraño. Su grito y el mío hacen eco en mi oído como hermanos que viajaron juntos y desaparecieron tras un túnel. Gritamos y nos miramos y nos reconocimos. Al final de esta historia Chile pierde y el tipo se va. Es así cuando se acaba el tiempo. Sin embargo ha ocurrido una cosa: he buscado la soledad ya por varios minutos y es hora que no aparece.

Delfos

Siempre he sido medio brujo pero aquí Daniel es testigo así que si no me creen pregúntenle a él. Chile iba cero todavía con Holanda; me giré hacia él y se lo dije: Chile no puede ganar el Mundial. No con una defensa tan baja, le dije, son muy bajos, mira lo bajos que son, no logran despejar ningún centro de cabeza, hay cachado, ¿no?, y en los corners, puta lo mismo, se cuelgan de los hombros de los holandeses, que no puedan cabecear, si no llego yo que no llegue nadie, pensarán, ¿no? Sí ¿no? Daniel, que sabe mucho de fútbol, me dio la razón, lo cual habla muy bien de él. A los 30 segundos llegó el cabezazo de Leroy Fer y Holanda se puso 1 a 0; después al final hubo otro gol también. Así que ya habiendo mostrado al mundo mis talentos ahora no tendría sentido ocultar mi visión de lo que ocurrirá en el partido de hoy, la tengo muy clara. Nos reuniremos con Ana y la Xime e Iván, y la Cristi y la Vale, y tal vez Nick en la esquina de Oster Farimagsgade con Gothersgade a las 4.30, queda poco más de una hora. Ana y yo querremos ir a la pantalla gigante de Islands Brygge pero la Xime se opondrá por el frío. Nosotros insistiremos. Comenzaremos a caminar hacia el puente Langebro. En el camino la Xime recibirá una llamada de alguna chilena (tal vez la Paula) que le propondrá un destinto alternativo. ¿Pero cachaste si habrá lugar para todos?, le preguntará la Ana y la Xime no sabrá responder, y yo me pondré muy nervioso. Nick le preguntará a Ana qué pasa, porque Nick no habla español, y Ana le dira lo que pasa es que ha surgido una nueva localidad en la cual observar el partido. Nick dirá oh. Mientras tanto yo contaré los minutos que pasan mientras estamos ahí detenidos entre los camiones y los materiales de construcción que rodean Norreport. Al final las minas querrán todas ir a la bodega (en danés dicen bodega para decir bar) que decía la Paula y Ana y yo nos tendremos que resignar, y como la que escuchó las direcciones es la Xime ya no podremos seguir a la Ana y eso, lo sabremos, no será una buena señal. Al poco rato estaremos perdidos. Alguien sacará un iPhone e intentará ubicar la bodega pero no la podrá encontrar, y yo miraré mi Samsung y veré que ya son las 5.03pm y que va todo muy mal. Entonces recordaré este momento en que estaba en la Kongelige Bibliotek con nostalgia (recordaré con nostalgia, quiero decir; aquí ahora mismo estoy la raja) y me lamentaré de haberla abandonado en contra de mi intuición, porque la conexión wifi funciona perfecto y siempre es posible encontrar un stream para ver a Chile ganar. Ya lo dije, se me salió: Chile le ganará a Brasil, le ganará 2-1, de hecho, pero antes nosotros -ya lo adivinaban ustedes también- nos seguimos perdiendo y equivocando y retrasando y mientras seguimos buscando la famosa bodega por entre los nombres en danés impronunciable (además de hermético) escuchamos gritos de júbilo que salen de ventanas que no vemos y no logramos descifrar qué equipo ha metido el gol (como son dos goles esta situación se repite). Llegamos justo en el entretiempo. No hay mesa. La Paula no está. Tengo que verlo de pie, en realidad en puntillas porque los daneses son muy altos (las danesas muy, pero muy ricas, lo digo en serio). Terminan los comerciales y entonces resumen las mejores jugadas y ahí me entero de que (o me entero que, nunca lo he sabido bien) los goles han sido de Sánchez y Vidal. Todo el segundo tiempo es un dolor de guata insufrible aguantando el marcador. Cuando Brasil anota (Fred, no Neymar) creo que me voy a desmayar. Después del pitazo final celebro tomándome una cerveza roja al seco y después me conecto de nuevo en un rincón del bar para recibir todos los saludos de ustedes. Sólo ahí les anuncio cómo le irá a México el domingo.

jueves, 26 de junio de 2014

Orígenes

Los ingleses dicen que el futbol se inventó en Parker’s Piece en el siglo XIX y, a pesar de que Cambridge está lleno de placas conmemorativas, no hay ninguna que recuerde este suceso. Quizá porque  los alumnos de la Universidad sólo se reunieron a unificar las reglas de un pasatiempo antiguo y simple: correr y patear en grupo un objeto redondo. Habría que suponer una humanidad muy poco creativa y creer en la falacia de que todo se inventó después de la Revolución Francesa  para pensar que en la época victoriana se pateó el primer balón  (imagino que la Wikipedia contiene testimonios abundantes rescatados de manuscritos chinos, frisos persas, estelas mayas y miniaturas medievales, que preceden al Imperio Británico, sobre el uso conjunto del pie y la esfera; dejo, pues, al amable lector la fatigosa tarea del cotejo de fuentes y prosigo con el relato).

Cambridge tiene pastitos bonitos y esmerados en los patios de cada colegio, que sólo los Fellows tienen derecho a pisar (los Fellows no pisan el pasto). En México, no habría descanso, hora muerta, ni horario restringido para amontonar suéteres o mochilas y rodar una pelota o un envase de frutsi en superficies similares.  En Cambridge no hay  nada más inmutable que el pasto de los colegios; pasto verde donde la gente no toma siesta. Parker’s Piece escapa a la influencia rectangular y victoriana de los colegios universitarios. En ese parque se juega futbol, aparecen y desaparecen las porterías como hongos; allí se duerme y se disfruta del contacto disperso de la hierba húmeda en los días soleados. El parque no pertenece a la Universidad, ni hay pantallas para ver el mundial y, mucho menos, necesita una placa.

lunes, 23 de junio de 2014

"Esta es la mejor generación del fútbol chileno"

Rocío dijo que las camisetas de los jugadores ameritaban un estudio científico. Había las camisetas estrechas y las holgadas; las holgadas se veían mucho mejor. Para mí el asunto era irrelevante pero la distinción fue, no sé, perturbadora. Llegué a mi casa y saqué de una vieja maleta empolvada la ropa que usaba cuando era flaco, antes del writing-up. Escarbé de un modo caótico, pero encontré mi camiseta roja de Chile en pocos segundos, sin dificultad. Me saqué la camisa negra que llevaba y me puse la polera de Chile, y eso sí me costó. No sé por qué chucha le digo camiseta si todos me entienden igual. Saqué el poster de Alexis de detrás de la puerta y lo pegué junto al espejo. Comparé. No sé por que chucha a la Maca le gusta tanto Alexis. No deja de hablar de él. Soy mucho más interesante yo. No tuve dudas. Deben ser las cualidades internas que salen de algún modo a la luz las que el espejo devuelve, las que admira la gente a mi alrededor. Le escribí una carta a la Maca diciéndole que se case conmigo. Si acepta me la llevaré a Holanda.

sábado, 21 de junio de 2014

México 86


Paralela a su vida, había otra que fluía como cloaca abierta. Se podía oler en sus gestos dispersos, en su mirada recelosa y en el aceite de sus manos gruesas. Paralela a su vida estaba esa otra vida, cultivada y olvidada con la paciencia y desidia de un campesino que amó y luego abandonó sus tierras. Argentina contra Irán jugaban en dos dimensiones cuando le vino esta idea a la mente, larguísima como solsticio de verano. La idea se extendió por su ceño y no oscureció hasta agotarse el día, entre sombras de sauces que empequeñecían. Sentado en la terraza del Anchor, Callum alternaba la mirada entre su reloj, la pantalla del televisor y los remolinos de gente que se juntaban en los alrededores del molino y en torno al río. Puesto, el jersey blanco de su equipo, en la mano, una pinta casi negra y el sol pegado como estampa a su frente lampiña y extensa.
         Todavía el arbitro no silbaba los cuarenta y cinco pero los argentinos febriles festejaban un primer tiempo sin goles como si ya fueran campeones de alguna cosa. Callum se acomodó el cuello de la camiseta abriendo el pecho, como si en ese movimiento hubiera gritado el nombre de Inglaterra. Aún sin mundial qué jugar, siempre Inglaterra.
         En tono alto, muy alto, las porras de los extranjeros se elevaban como cánticos a un dios pagano y Callum pensaba en las ventanas del edificio de enfrente, gris, brutal como el mar de su infancia; venía de una ciudad con costa y viento como sólo se dan en ciertos golfos. En silencio, disfrutaba el mal juego, la pereza de los jugadores, el letargo del enano Messi. Con los ojos verdes acariciaba los ventanales del edificio gris y con la mente la idea de que los eliminaran y al gordo Maradona le diera un ataque al corazón –por obeso e inmundo; porque una arteria tapada tendría que tener, porque era buena hora para que por fin se muriera.
         El edificio era feo pero tenía enormes ventanas. Él había conocido esas ventanas en una fotografía tomada varios años antes que un amigo de un amigo le había enviado. Las conocía por dentro. Apenas ahora podía verlos juntos, ventanas y edificio. Adentro de las ventanas, pequeñas figuras se sugerían entre reflejos. Callum ponía la vista en esas siluetas preguntándose sin alguna de ellas estaba lo que él venía, desde hace tiempo, buscando. Dio tragos largos y esperó, con el sonido de fondo que era el televisor y sus feligreses albiazules. No vio ningún iraní.
         En cambio la vio a ella; la había encontrado. La silueta adquiría forma y se apeaba por los adoquines de la calle. Una Iliada y una Eneida para ese reencuentro, para verla a ella apresurarse por la banqueta y rumbo a él, como si lo hubiera visto, como si todo ese tiempo de ausencias y persecuciones y jueces y mudanzas y órdenes de restricción y policías, como si todo ese tiempo se hubiera borrado y ahora fueran solamente ella y él, juntos, para siempre.
         Era la primera vez que la veía en cuatro años, cuando ella desapareció en vísperas del mundial de Sudáfrica. Esa vez los alemanes los habían eliminado pero se resarcieron cuando les hicieron el favor de aplastar a Argentina. Ésa vez no había habido mano divina que los salvara, a esos perros, argentinos, tramposos y sucios, como Maradona, como el edificio que ahora la escupía a ella. Todo ese tiempo ella había estado en Cambridge y él sin saberlo.

Callum se puso de pie al verla bajar las escaleras hacia la terraza. Sintió el terror de una revelación que finalmente se concreta; había algo en ella, no su gesto asustado, arado con sorpresa sino en su cuerpo, en su figura cada vez más cercana, esos colores, ese jersey blanco y azul, como el del hombre rubio que la recibía en sus brazos.
         Messi anotó un gol. La turba explotó entre ella y él, hendiendo una zanja de mundo entre ambos. Callum desapareció, en el espiral de gente para no volver a pensar en ella, ni en Argentina, ni en ese estúpido juego.

viernes, 20 de junio de 2014

Tortilla de papa (las finales del Mundial)

Cuando platicamos sobre la final de Sudáfrica, siempre hablamos de la parada de Casillas y del gol de Iniesta; pero lo que más recuerdo es el crujido seco, de madera astillándose, del esternón de Xabi Alonso y la tortilla de papa que se cocinó ese día. 
Las finales de los Mundiales son aburridas. El Italia-Brasil de 94 fue horroroso. Dos equipos derritiéndose bajo el sol de Pasadena, quedando disformes en el pasto como la silueta de una otrora paleta helada disuelta el suelo. Todo mundo recuerda el penal de Baggio; yo me acuerdo del primero, el que falló Baresi, sin espinilleras y con las calcetas bajas, asumiendo la derrota antes de tirar. En la final de 98, Brasil no traía nada y la frente monacal de Zizou lo dejó claro antes del medio tiempo. La de 2002 empezó a las seis de la mañana y me quedé dormido antes del primer gol. Desperté ya con los dientes de Ronaldinho junto a la copa.  En Alemania, Zidane movió la trama en solitario en la final, como en el resto del mundial,  (¿Ronaldinho? ¿Kaká? ¿Cristiano Ronaldo?). ¿Alguien se acuerda que el penal de  Trezeguet  dio en el larguero? ¿quién quedó campeón en 2006?

La final del mundial de Sudáfrica la vimos juntos una pareja chilena, varios españoles e ingleses, un patagón, una griega, y tres mexicanos, en casa de L. Nos gustaba muchos la casa de L, por lo menos a los que éramos estudiantes. Sus dos pisos, el jardín, la sala amplia y la televisión de 40 cuarenta pulgadas, nos hacían olvidar las oscuras cuevas individuales y eremíticas que nos rentaba la universidad como cuartos. Aquel día L no iba a cocinar y todos habían traído alguna vitualla y varios bebestibles. Los españoles llegaron con un saco de papas, una botella de aceite de oliva y varias docenas de huevos, discutiendo sobre las dificultades de conseguir buen jamón serrano.
El España-Holanda prometía un buen juego, pero en lugar de la pelota, los holandeses se dedicaron a patear a los españoles. El arbitro, atontado por las vuvuzelas (en México se llamaban cornetas antes de ese mundial), se limitaba a correr de un lado a otro sin enterarse de que el partido ya había empezado. La emoción del juego no duró ni veinte minutos y cada quien se distrajo en una conversación distinta.

Creo que platicaba con el patagón de la Holanda del 98, cuando el sector español comenzó a gritar. Por lo visto, había surgido una discusión de género por  la tortilla de patata [sic] que pensaban cocinar. L me contó que todo había empezado, como siempre, con la reivindicación de la superioridad de la tortilla de sus respectivas madres. Luego, Maite, con su voz altiva, parecía haber ganado la disputa sobre la tortilla, cuando Jaime tuvo la audacia de sugerirle que se fuera a cocinar  la tortilla. Maite le respondió que quién era él para mandarla a la cocina y que mejor se  pusiera a pelar patatas [sic]. Santiago empeoró el pleito cuando le dijo a Jaime que dejara de discutir con Maite, que no valía la pena pelearse con una chavala que no sabía cocer un huevo.
Maite estaba apunto de vociferar algo cuando se escuchó el crujido. Pensé que los españoles habían empezado a lanzarse huevos, pero no, se habían cayado y miraban la tele.  -¿Qué lo ha matado?- dijo Maite. -¿Y la roja?- gritó Jaime, tras ver la repetición, que repetía la patada y el dolor de Alonso. Tras una discusión sobre las capacidades criminales de De Jong, todos nos volvimos a concentrar en el partido. 

De la tortilla de papas no se habló más durante el primer tiempo. A la mitad del tedio del segundo tiempo, y con la proximidad de los tiempos extras, nos dio hambre. Las botanas no habían sido suficiente y nos hacía falta la tortilla. Menos los ingleses y los españoles, todos terminamos en la cocina, mirando las papas, el aceite y los cartones de huevos, como si fueran la caja de Pandora. Finalmente, la chica griega, ojizarca y quizá llamada Olimpia, pidió la computadora. Encontró una receta y nos pidió que peláramos las papas.

Dos tortillas opulentas salieron de la cocina al empezar el segundo tiempo. Los ingleses la rechazaron (No, thank you… too rich for my palate), igual que los españoles, con su dignidad de cristianos viejos, y argumentando el nervio de la final que parecía irse a penales. Los demás devoramos el manjar, dejando cualquier cantidad de elogios y la rebanada más grande a Olimpia.

jueves, 19 de junio de 2014

Herencias




Se acabaron las anécdotas. No volví a ir al estadio y he olvidado, parcial o totalmente, todas las veces que lo vi por televisión. Tiene que ver con las genealogías personales. Sí, si el futbol nos gusta o no nos gusta no es porque no podamos disfrutarlo. Hay en él algo tan universal como ciertas formas de la pornografía. A todos interpela, apela, emociona, aunque no nos guste. La explicación de esta manera de universalizar el placer es quizás tan elusiva como el placer mismo. Quizás yazca en la trayectoria siempre incierta de la pelota, produciendo en nuestras mentes garabatos de la más refinada abstracción. Quizás en la manera en que los jugadores soportan el dolor de cada tacleada y los cabezazos que por momentos les suspenden la conciencia. O incluso los gestos ridículos que acompañan cada gol, donde el hombre deviene mono, deviene ave, deviene Michael Jackson. Ya en el lado de lo que importa a los sociólogos y no a los historiadores del arte, quizás este universalismo recaiga en la defensa de una identidad. Es por eso que el futbol es una herencia, parte de una genealogía identitaria.

*

Mi padre es una nacionalista exacerbado, pero a él, como a mí, no le gusta el futbol. Más bien, a mí como a él no me gusta, aunque lo disfrutemos.  Si lo hemos visto o lo hemos jugado, no lo recordamos. Aquí también la razón es simple: Rusia jamás ha ganado una copa del mundo. Allá, dicen, todavía tiene sentido la guerra. No ha sido sustituida por pop, futbol y palomitas. Y mi papá, aunque es mexicano, daría la vida por Putin, Stalin y el zar Nicolás II, en ese orden.

*

Pero este año Rusia fue al mundial. El otro día vi cómo le metía un gol a Corea (del Sur, por supuesto, Corea del Norte, dicen, es de los que aún hacen la guerra y no van al mundial). Después apagué la tele (más bien, la compu), aunque no había acabado el partido. No sé quién ganó. Me gusta imaginar que del otro lado del mundo mi papá estaba metido en su cama – que no tiene colchón, como en las barracas – y gritó en solitario su primer gol. Aún así creo que si le preguntara por el partido me contestaría que el futbol es para idiotas. De última, Rusia todavía está lejos de ganar un mundial.

martes, 17 de junio de 2014

El entusiasmo

Sentí, como diría Polgovskaya, que era el sujeto de la revolución.[1] Nunca he entendido bien la revolución y lo de sujeto tampoco es un concepto con el que me sienta cómodo, pero el sentimiento lo sentí igual, era un hecho: éramos todos uno y uno con el equipo que aplastaba a Australia y hacíamos historia como la mejor generación del fútbol chileno.[2] Tienes que venir mañana al partido, me dijo el Nico en algún aparte, probablemnte después de los abrazos del segundo gol, y entonces de golpe cayó sobre mí la pesada sombra de mi tesis inacabada. Mañana no puedo, le dije, tengo que escribir. El Nico me dijo que él también, y sortó una gran carcajada. Mañana a las 11, ¿tú también vas, no?, me preguntó Felipe. Le dije mmm, no lo creo, no debería aunque en verdad muero por jugar. Vamos Pesce no podís arrugar, me gritó Javier en la oreja y con una palmada en la espalda. A las 1am el Nico encendió el carbón de nuevo; yo me acabé mi Fanta y me despedí. Buena Pesce huéon, me dijo Javier, mañana sin falta. Fijé mi despertador a las 7am; me desperté a las 4 con los petirrojos y los mirlos y creo que había urracas también. Comprendí que el insomnio me abría una ventana. Bajé a hacerme un café, y me senté frente a la laptop a escribir sin dudar ni equivocarme hasta que ya no pude más. Eran las 10.30am y había escrito 1,812 palabras. Me hice otro café, me lavé la cara, y me fui trotando hasta Parker's Piece. Llegué a las 10.54, y me puse a esperar. A las 11.17 llamé al Nico, pero no contestó. A las 11.39 estaba de vuelta en mi casa. Tenía una llamada perdida de Felipe; no se la devolví. Me lavé la cara y me hice otro café. Lo que había escrito esa misma mañana era todo basura, no lo dudé un solo instante; borré el documento y vacié la papelera y comencé de nuevo.

[1] La creencia en la justica 'es más fuerte que los motores del capital y la mitología de la nación, superando incluso la instanciación del hombre en individuo, es decir, convirtiéndolo en un sujeto revolucionario, motor de la historia', ha dicho Polgovskaya. Ver 'Siempre en domingo', October, 58 (1991), 24-43
[2] El autor se refiere probablemente a los primeros treinta minutos del encuentro entre las selecciones de fútbol de Chile y Australia, jugado el Viernes 13 de Junio de 2014 en la ciudad de Cuiabá.

lunes, 16 de junio de 2014

Londinense


A las cuatro y media se acabó la sesión. Dejé escapar un benditoseaDios que prefiero pensar inaudible. Salí de la conferencia y me senté en una banca del jardín. Vuelta invernadero, el aula en la que nos habían recluido nos había empollado; salir era abrir los ojos al mundo, pegajosos, asfixiados. No sé si cuando los pollos nacen también pian en llanto. Nunca he visto qué pasa cuando se rompe el cascarón. Recién paridos en nuestros sudores, llorar me habría parecido un esfuerzo absurdo, imposible. El sol llevaba desde las diez punzando el pavimento con sus agujas.

En el patio central de UCL hacían hamburguesas en un asador industrial como parte de un evento al que no estaba invitada y para el que no estaba vestida; hombres de traje y mujeres de cóctel con sus carteras de pan y carne punteaban el jardín. El olor a carbón y chuleta me recordaba que desde los repulsivos sándwiches de mayonesa que dieron como lunch, no había consumido más que agua y una galleta rancia.

Estuve unos minutos así, inmóvil, en mi papel de estatua de parque, fingiendo pensar pero con la mente en blanco. Supuestamente me debatía entre esperar hora y media para ver a Andrés Neuman, entrar en un pub a ver el partido de México en compañía de una doble con cheddar y bacon, o volver a casa de Mercedes, cuyo abuelo había fallecido ese día por la mañana. En realidad no pensaba en nada o pensaba en esa nata espesa que es la mente cuando le pega el marasmo y las cinco de la tarde sin cafeína.

Quería tomar una siesta porque llevaba varias noches durmiendo cinco horas y mi motor es de siete y media. La máquina rechinaba. Cuando estuve en España aquel verano infernal, no me importaba dormir en bancas de parque, metida en vestidos ligeros y  transparentes que casi no cubrían nada. En un Madrid de cuarenta grados lo menos extraño es encontrarse a una tipa casi en pelotas leyendo la Regenta bajo un cedro en el Retiro. Sin embargo, no en UCL. Aún con pantalones y blusa de gente decente, en ese patio y a esa hora no sería aceptable dormirse en las bancas. Además México. México como zopilote dando vueltas sobre mi cuerpo moribundo.

Abandoné la idea de Neuman. Tomé un autobús rumbo a Elephant and Castle para cerrar la distancia que me separaba de Mercedes. Ya en el bus intenté encontrar en la calle una señal sobre lo que sucedía en Brasil, algo que me indicara que en ese momento México jugaba un partido y era importante: un pizarrón afuera de un Pub que ofreciera un santuario para las miradas itinerantes como la mía, cualquier cosa. Nada. Londres parecía ignorar que estábamos en pleno mundial. Quise fijarme en la gente, en la familia de italianos sentada a mi lado, en un rostro o una coincidencia, pero me quedé dormida. Me despertó una llamada de Nik.

-- Vi a un hombre muerto. O no sé si muerto, espero que lo hayan salvado.

Nik me explicó que había salido de la biblioteca rumbo a casa para ver el juego. Frente a la puerta principal había un corro de gente y una ambulancia. Un hombre yacía bocarriba en la banqueta con la camisa abierta sobre el pecho blanquísimo. Un paramédico le tomaba el pulso y otro le ponía unas placas sobre el torso con esas máquinas de shock que uno sólo ve en las películas. La máquina tenía una voz femenina y robótica que daba instrucciones. Por favor despeje el área. Uno, dos, tres. Por favor, no toque al paciente. Uno, dos, tres. Lo insoportable de la escena había sido la vulnerabilidad del hombre, abierto, a la deriva. Un hombre a la merced de una máquina y un paramédico y un tumulto de miradas que lo rodeaban e inspeccionaban su tórax, su cuerpo. Nik se fue. No quiso verle el rostro. Ahora estaba en casa e iba a ver el juego, le dije que me mantuviera informada y colgué la llamada justo a tiempo para bajarme en St. George’s circus. En ese punto de Londres todo queda a una milla de distancia.

Camino a lo de Mercedes sólo encontré mi silencio. Deseaba un estremecimiento, algo que hiciera real lo que Nik me había dicho pero nadie me veía, las miradas me esquivaban como un defecto en el papel tapiz. No podría contarle a Mercedes porque su abuelo había fallecido apenas y lo último que ella querría saber era acerca de la vulnerabilidad de los cuerpos. De eso Mercedes lo sabía ya todo. En ninguno de los pubs por los que pasé ponían el partido.

Llegué al departamento poco antes del medio tiempo. Steve había trabajado desde casa ese día y fue quien me abrió la puerta. Yo esperaba televisor, cervezas y un resumen detallado de mi media hora de bus y retraso. En cambio, me encontré con bossa nova y Steve doblando la ropa recién salida de la secadora. Con la mirada busqué un televisor, un ordenador haciendo streaming, un iPad. Todo apagado, Steve concentrado en cada doblés.

-- Mercedes apenas iba saliendo del trabajo, ¿quieres que prenda la televisión?

-- Sí, la tele, por favor. Es que tengo curiosidad, tampoco soy tan futbolera, pero es México, ¿no? Aunque uno no quiera… ¿Viste lo que decía John Oliver del mundial? ¿No? Bueno, no importa, te iba a decir que yo igual que él, dividida, la FIFA es mala pero el futbol es religión…

Steve no sabía de lo que hablaba así que lo dejé tranquilo. En la televisión, México. Dos o tres minutos me tomó saber que dominábamos. Steve se sentó a un lado mío con la computadora abierta y el teléfono en la mano.

--¿Está bien esto?

Así que lo siento por tu pérdida. Aunque yo le conocí hace poco me di cuenta de que era un hombre maravillosa. Mi pensamiento están con todos ustedes.

--Es para la mamá de Mercedes. ¿Está bien?

Google Translate había hecho bien la mayor parte del trabajo. Dos segundos de edición y los jugadores caminaban hacia el vestidor. Steve me pidió que no le dijera a Mercedes que había usado un traductor. Me hacía preguntas: el doctorado, mi trabajo, mis planes. Yo le ponía un mensaje a Nik para preguntarle por la primera mitad.

0-0.

Ya sé, estoy viendo el juego. ¿Qué pasó en la primera parte?

Ah, México debería ir ganando.

Steve me ofreció algo de beber y yo pensé que poco a poco el mundo recobraba su orden. Quizá a Steve la cerveza le contagiaría el entusiasmo y podríamos guardar el silencio solemne que le debemos a un buen partido. Al menos en tiempo de mundial, como en Cuaresma. Steve me anunció que en el refrigerador sólo había vino blanco y Sprite. Pedí agua.

Durante el medio tiempo le hice preguntas a sabiendas de que sería imposible concentrarme en el resumen de jugadas. La próxima semana volaba a la India por una cosa del trabajo; su compañía estaba moviendo la mitad de sus operaciones para allá. Otro tercio se iría a Rumania. Pocos se quedaban en Inglaterra, pero él era el jefe de proyecto así que no le preocupaba. Dijo que había gente a la que habían dejado ir, equipos que habían sido reducidos. Imaginé que implícitos había despidos, gente con uñas y lonjas y antojos y sudores y equipos favoritos por los cuales gritar en un pub, abrazados de otros como ellos, prescindibles. Steve no reparó en esa ausencia. Hablaba con entusiasmo del día, dentro de dos semanas, cuando bajaría la carga de trabajo.

El segundo tiempo nos interrumpió, o me interrumpió a mí porque el trote de los jugadores sobre el campo no llamó la atención de Steve, quien me seguía haciendo preguntas. Yo contesté con cortesía primero y ya después con monosílabos.

Pásala, ábrete, centra, carajo, centra. ¡Aaaah!

--¿Y esto que presentas es parte de tu tesis?

-- Sí, es del segundo… ¡Vas, vas, vas! Céntrala, carajo, céntrala, sí, sí… ¡mierda! Sorry, me emociono un poco. En verdad nunca me pongo así, es que, ya no me acordaba, el mundial me pone un poco… ¡No, no! Síscalo, síscalo, diablooo… ah, ¡portero! ¡te amo! Perdón, ¿qué decías?

-- ¿Y qué tal la conferencia?

-- Bien, normal… Ah, súbete, sí, sí, tira, tira, ¡tira!… Dos Santos, ¡NO! Peralta, ah, ah, ¡GOOOOOL!

Grité, bailé, celebré alzando los brazos. Luego miré a mi alrededor y no encontré a nadie a quien darle un abrazo. Steve doblaba la ropa.

Mercedes llegó antes de que terminara el juego. Estaba triste pero no quiso hablar de eso. Le dijo a Steve que bajara a comprar cerveza y se sentó a ver el juego conmigo. México se movía verde y blanco en la cancha mojada. Ella miró un segundo la pantalla, luego se volvió hacia mí.

-- ¿Y qué tal la conferencia?

sábado, 14 de junio de 2014

Ayer en la tarde


Desde la ventana empañada del estudio, Enrique veía a Ricardo pelotear bajo la lluvia, esperando a que silbara la tetera. El balón se oía pesado, chocando contra la pared sus gajos pelados e interrumpiendo el ritmo pesado de la lluvia. El balón se escondía entre el agua, dejando la ridícula silueta de Ricardo moviéndose solitariamente como la sombra de un demonio chocarrero. 

   El té quedó listo. Enrique volvió al escritorio con su taza y retomó la lectura de un volumen empastado en terciopelo verde. Dio un sorbo y las palabras comenzaron a acallar la lluvia y el balón. Por un instante hubo silencio en el estudio de Enrique: Ricardo quieto como una figurita de plástico, la salida del sol, un punto y aparte; luego, la erupción del vidrio, las astillas junto a la tetera y los últimos dos botes del balón mojado sobre la alfombra como pasos de hipopótamo.

viernes, 13 de junio de 2014

Siempre en domingo


Ya habiendo pasado por El Capital y el prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política (pero sin haber leído aún el 18 Brimario), al comienzo apenas de mis estudios en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, estudios que abandoné incluso antes de leer el Bumario, me llegó un día la certeza post-adolecente de que, antes de morir, tenía que ir a un partido de futbol. Bueno, un partido de futbol y otra cosa: un concierto de rock. Ya había tenido sexo, así que de eso no debía preocuparme y algunas veces agregué a la lista, para luego tacharlo, darme un toque de mota. Ir al estadio, pensé (convencida), sería como tener una experiencia revolucionaria, donde el individuo se despoja de sus miedos burgueses para integrarse finalmente al pueblo. Ahí no habrá lucha de clases sino meras formaciones contingentes compitiendo frente al azar, cada hombre únicamente provisto de su cuerpo, esculpido como un Altas, monumental, pero despojado de cualquier velo o armadura. Leí entonces a Galeano, entendí que el futbol era el espacio que da a cada ser lo que su trabajo le depara, siendo el esférico la más precisa geometría de la justicia. Sí, me dije, si el mundo ama este deporte es porque la creencia en la justica es más fuerte que los motores del capital y la mitología de la nación, superando incluso la instanciación del hombre en individuo, es decir, convirtiéndolo en un sujeto revolucionario, motor de la historia. Tardé apenas unos meses en ahorrar suficiente para el boleto. Ya en el estadio me senté sola en la tercera grada y me compré una caguama en vaso de unicel. Durante noventa minutos estuve intentado descifrar dónde estaba la bola, pero no me perdí ningún gol. De hecho, el marcador quedó cero a cero. Fui de las últimas en salir del estadio. Su topografía, recuerdo, estaba toda punteada por los minúsculos reflejos de los vasos de unicel. Había también algunas banderas en el piso, acompañadas por cascos vacíos de petardos y rollos enteros de papel higiénico eufóricamente propulsados hacia el césped.

Aún no había leído el Brumario. En el metro, camino a casa, recogí uno de esos periódicos que la gente deja en el asiento y me puse a recorrer la sección de conciertos del diario dominical.

jueves, 12 de junio de 2014

Sin trono ni reina

Por qué te cortaste el pelo así te ves ridículo, dijo Kate. Por el Rey, respondí yo. No es rey es Príncipe, dijo ella. No hablo del Príncipe hablo de Vidal, aclaré. Kate se quedó callada. Vidal Arturo, agregué. Kate dijo: ya, y después un rato: ¿va al mundial Chile también? Dije: claro, incluso lo puede ganar. Kate se rió. Y por qué es Príncipe y no Rey, le pregunté. Porque es hombre, intervino Ralph. Ah es por eso, dijo Kate. Ralph se explayó: si fuera mujer sería Reina;  siendo hombre el título se prestaría a confusión; se queda mejor como Príncipe y así no hay problema. Como en la vida, gritó López (medio borracho). ¿A ver?, dijo Anna. Como en la vida, respondió López, el hombre depende de un título, la mujer no. Los hombres dependen del fútbol, se rió Kate. Hay hombres que sólo ven televisión, se rió Ralph. Hay hombres que hace justo esas dos cosas y ninguna otra más, se rió Anna. ¿Por qué sacas tu cuaderno?, le pregunté yo. Déjame que les leo algo, respondió Anna. Camilo fue el primer hombre que conocí al que no le gustaba el fútbol, leyó. Ni siquiera entendía las reglas del juego. En toda su vida jugó un único partido, a los cinco años, en un gimnasio de San Miguel: como todo lo que entonces sabía de fútbol venía de los resúmenes de goles en la tele, esa tarde se dedicó a correr en cualquier dirección celebrando goles inexistentes y saludando al público con alegría, enteramente desentendido de la pelota. Kate se rió. Ralph se rió. Anna se contagió también. ¿Sigues enamorada de Zambra?, le preguntó López muy serio (medio amargado). Ya ha pasado un año, dijo Kate. Ya mejor lo dejas, le dijo Ralph. Me he cortado el pelo en el momento justo, pensé yo, pero no se lo dije a nadie.