A las
cuatro y media se acabó la sesión. Dejé escapar un benditoseaDios que prefiero pensar inaudible. Salí de la conferencia
y me senté en una banca del jardín. Vuelta invernadero, el aula en la que
nos habían recluido nos había empollado; salir era abrir los ojos al mundo,
pegajosos, asfixiados. No sé si cuando los pollos nacen también pian en llanto.
Nunca he visto qué pasa cuando se rompe el cascarón. Recién paridos en nuestros
sudores, llorar me habría parecido un esfuerzo absurdo, imposible. El sol
llevaba desde las diez punzando el pavimento con sus agujas.
En el
patio central de UCL hacían hamburguesas en un asador industrial como parte de
un evento al que no estaba invitada y para el que no estaba vestida; hombres de
traje y mujeres de cóctel con sus carteras de pan y carne punteaban el jardín.
El olor a carbón y chuleta me recordaba que desde los repulsivos sándwiches de
mayonesa que dieron como lunch, no había consumido más que agua y una galleta
rancia.
Estuve
unos minutos así, inmóvil, en mi papel de estatua de parque, fingiendo pensar
pero con la mente en blanco. Supuestamente me debatía entre esperar hora y
media para ver a Andrés Neuman, entrar en un pub a ver el partido de México en
compañía de una doble con cheddar y bacon, o volver a casa de Mercedes, cuyo
abuelo había fallecido ese día por la mañana. En realidad no pensaba en nada o
pensaba en esa nata espesa que es la mente cuando le pega el marasmo y las
cinco de la tarde sin cafeína.
Quería
tomar una siesta porque llevaba varias noches durmiendo cinco horas y mi motor
es de siete y media. La máquina rechinaba. Cuando estuve en España aquel verano
infernal, no me importaba dormir en bancas de parque, metida en vestidos
ligeros y transparentes que casi no cubrían
nada. En un Madrid de cuarenta grados lo menos extraño es encontrarse a una
tipa casi en pelotas leyendo la Regenta bajo un cedro en el Retiro. Sin embargo,
no en UCL. Aún con pantalones y blusa de gente decente, en ese patio y a esa
hora no sería aceptable dormirse en las bancas. Además México. México como
zopilote dando vueltas sobre mi cuerpo moribundo.
Abandoné
la idea de Neuman. Tomé un autobús rumbo a Elephant and Castle para cerrar la
distancia que me separaba de Mercedes. Ya en el bus intenté encontrar en la
calle una señal sobre lo que sucedía en Brasil, algo que me indicara que en ese
momento México jugaba un partido y era importante: un pizarrón afuera de un Pub
que ofreciera un santuario para las miradas itinerantes como la mía,
cualquier cosa. Nada. Londres parecía ignorar que estábamos en pleno mundial. Quise
fijarme en la gente, en la familia de italianos sentada a mi lado, en un rostro
o una coincidencia, pero me quedé dormida. Me despertó una llamada de Nik.
-- Vi a un
hombre muerto. O no sé si muerto, espero que lo hayan salvado.
Nik me
explicó que había salido de la biblioteca rumbo a casa para ver el juego.
Frente a la puerta principal había un corro de gente y una ambulancia. Un
hombre yacía bocarriba en la banqueta con la camisa abierta sobre el pecho
blanquísimo. Un paramédico le tomaba el pulso y otro le ponía unas placas sobre
el torso con esas máquinas de shock que uno sólo ve en las películas. La
máquina tenía una voz femenina y robótica que daba instrucciones. Por favor despeje el área. Uno, dos, tres.
Por favor, no toque al paciente. Uno, dos, tres. Lo insoportable de la
escena había sido la vulnerabilidad del hombre, abierto, a la deriva. Un hombre
a la merced de una máquina y un paramédico y un tumulto de miradas que lo
rodeaban e inspeccionaban su tórax, su cuerpo. Nik se fue. No quiso verle el
rostro. Ahora estaba en casa e iba a ver el juego, le dije que me mantuviera
informada y colgué la llamada justo a tiempo para bajarme en St. George’s
circus. En ese punto de Londres todo queda a una milla de distancia.
Camino a
lo de Mercedes sólo encontré mi silencio. Deseaba un estremecimiento, algo que
hiciera real lo que Nik me había dicho pero nadie me veía, las miradas me
esquivaban como un defecto en el papel tapiz. No podría contarle a Mercedes
porque su abuelo había fallecido apenas y lo último que ella querría saber era acerca de la vulnerabilidad de los cuerpos. De eso Mercedes lo sabía ya todo. En
ninguno de los pubs por los que pasé ponían el partido.
Llegué al
departamento poco antes del medio tiempo. Steve había trabajado desde casa ese
día y fue quien me abrió la puerta. Yo esperaba televisor, cervezas y un
resumen detallado de mi media hora de bus y retraso. En cambio, me encontré con
bossa nova y Steve doblando la ropa recién salida de la secadora. Con la mirada
busqué un televisor, un ordenador haciendo streaming, un iPad. Todo apagado,
Steve concentrado en cada doblés.
--
Mercedes apenas iba saliendo del trabajo, ¿quieres que prenda la televisión?
-- Sí, la
tele, por favor. Es que tengo curiosidad, tampoco soy tan futbolera, pero es
México, ¿no? Aunque uno no quiera… ¿Viste lo que decía John Oliver del mundial?
¿No? Bueno, no importa, te iba a decir que yo igual que él, dividida, la FIFA es
mala pero el futbol es religión…
Steve no
sabía de lo que hablaba así que lo dejé tranquilo. En la televisión, México.
Dos o tres minutos me tomó saber que dominábamos. Steve se sentó a un lado mío
con la computadora abierta y el teléfono en la mano.
--¿Está
bien esto?
Así
que lo siento por tu pérdida. Aunque yo le conocí hace poco me di cuenta de que
era un hombre maravillosa. Mi pensamiento están con todos ustedes.
--Es para la mamá de Mercedes.
¿Está bien?
Google Translate había hecho bien
la mayor parte del trabajo. Dos segundos de edición y los jugadores caminaban
hacia el vestidor. Steve me pidió que no le dijera a Mercedes que había usado
un traductor. Me hacía preguntas: el doctorado, mi trabajo, mis planes. Yo le
ponía un mensaje a Nik para preguntarle por la primera mitad.
0-0.
Ya
sé, estoy viendo el juego. ¿Qué pasó en la primera parte?
Ah,
México debería ir ganando.
Steve me ofreció algo de beber y
yo pensé que poco a poco el mundo recobraba su orden. Quizá a Steve la cerveza
le contagiaría el entusiasmo y podríamos guardar el silencio solemne que le
debemos a un buen partido. Al menos en tiempo de mundial, como en Cuaresma. Steve
me anunció que en el refrigerador sólo había vino blanco y Sprite. Pedí agua.
Durante el medio tiempo le hice
preguntas a sabiendas de que sería imposible concentrarme en el resumen de
jugadas. La próxima semana volaba a la India por una cosa del trabajo; su
compañía estaba moviendo la mitad de sus operaciones para allá. Otro tercio se
iría a Rumania. Pocos se quedaban en Inglaterra, pero él era el jefe de
proyecto así que no le preocupaba. Dijo que había gente a la que habían dejado ir, equipos que habían sido reducidos. Imaginé que implícitos había despidos,
gente con uñas y lonjas y antojos y sudores y equipos favoritos por los cuales
gritar en un pub, abrazados de otros como ellos, prescindibles. Steve no reparó
en esa ausencia. Hablaba con entusiasmo del día, dentro de dos semanas, cuando
bajaría la carga de trabajo.
El segundo tiempo nos interrumpió,
o me interrumpió a mí porque el trote de los jugadores sobre el campo no llamó
la atención de Steve, quien me seguía haciendo preguntas. Yo contesté con
cortesía primero y ya después con monosílabos.
Pásala,
ábrete, centra, carajo, centra. ¡Aaaah!
--¿Y esto que presentas es parte
de tu tesis?
-- Sí, es del segundo… ¡Vas, vas, vas! Céntrala, carajo, céntrala,
sí, sí… ¡mierda! Sorry, me emociono un poco. En verdad nunca me pongo así,
es que, ya no me acordaba, el mundial me pone un poco… ¡No, no! Síscalo, síscalo, diablooo… ah, ¡portero! ¡te amo! Perdón,
¿qué decías?
-- ¿Y qué tal la conferencia?
-- Bien, normal… Ah, súbete, sí, sí, tira, tira, ¡tira!… Dos
Santos, ¡NO! Peralta, ah, ah, ¡GOOOOOL!
Grité, bailé, celebré alzando los
brazos. Luego miré a mi alrededor y no encontré a nadie a quien darle un
abrazo. Steve doblaba la ropa.
Mercedes llegó antes de que
terminara el juego. Estaba triste pero no quiso hablar de eso. Le dijo a Steve
que bajara a comprar cerveza y se sentó a ver el juego conmigo. México se movía
verde y blanco en la cancha mojada. Ella miró un segundo la pantalla, luego se
volvió hacia mí.
-- ¿Y qué tal la conferencia?
Este partido tiene grandes momentos. Debo reconocer que he frecuentemente estoy del lado de los que no paran de hablar.
ResponderEliminarVeo con gusto que todos nos hemos suspendido en el Mundial y lo demás puede esperar
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