Cuando
platicamos sobre la final de Sudáfrica, siempre hablamos de la parada de
Casillas y del gol de Iniesta; pero lo que más recuerdo es el crujido seco, de
madera astillándose, del esternón de Xabi Alonso y la tortilla de papa que se cocinó
ese día.
Las finales de los Mundiales son aburridas. El Italia-Brasil
de 94 fue horroroso. Dos equipos derritiéndose bajo el sol de Pasadena,
quedando disformes en el pasto como la silueta de una otrora paleta helada
disuelta el suelo. Todo mundo recuerda el penal de Baggio; yo me acuerdo del
primero, el que falló Baresi, sin espinilleras y con las calcetas bajas,
asumiendo la derrota antes de tirar. En la final de 98, Brasil no traía nada y
la frente monacal de Zizou lo dejó claro antes del medio tiempo. La de 2002
empezó a las seis de la mañana y me quedé dormido antes del primer gol. Desperté
ya con los dientes de Ronaldinho junto a la copa. En Alemania, Zidane movió la trama en
solitario en la final, como en el resto del mundial, (¿Ronaldinho? ¿Kaká? ¿Cristiano Ronaldo?). ¿Alguien
se acuerda que el penal de Trezeguet dio en el larguero? ¿quién quedó campeón en
2006?
La final del mundial de Sudáfrica la vimos juntos una
pareja chilena, varios españoles e ingleses, un patagón, una griega, y tres
mexicanos, en casa de L. Nos gustaba muchos la casa de L, por lo menos a los
que éramos estudiantes. Sus dos pisos, el jardín, la sala amplia y la
televisión de 40 cuarenta pulgadas, nos hacían olvidar las oscuras cuevas
individuales y eremíticas que nos rentaba la universidad como cuartos. Aquel
día L no iba a cocinar y todos habían traído alguna vitualla y varios bebestibles.
Los españoles llegaron con un saco de papas, una botella de aceite de oliva y varias
docenas de huevos, discutiendo sobre las dificultades de conseguir buen jamón
serrano.
El España-Holanda prometía un buen juego, pero en lugar de
la pelota, los holandeses se dedicaron a patear a los españoles. El arbitro,
atontado por las vuvuzelas (en México se llamaban cornetas antes de ese
mundial), se limitaba a correr de un lado a otro sin enterarse de que el
partido ya había empezado. La emoción del juego no duró ni veinte minutos y
cada quien se distrajo en una conversación distinta.
Creo que platicaba con el patagón de la Holanda del 98,
cuando el sector español comenzó a gritar. Por lo visto, había surgido una
discusión de género por la tortilla de
patata [sic] que pensaban cocinar. L
me contó que todo había empezado, como siempre, con la reivindicación de la superioridad
de la tortilla de sus respectivas madres. Luego, Maite, con su voz altiva,
parecía haber ganado la disputa sobre la tortilla, cuando Jaime tuvo la audacia
de sugerirle que se fuera a cocinar la
tortilla. Maite le respondió que quién era él para mandarla a la cocina y que
mejor se pusiera a pelar patatas [sic]. Santiago empeoró el pleito cuando
le dijo a Jaime que dejara de discutir con Maite, que no valía la pena pelearse
con una chavala que no sabía cocer un huevo.
Maite estaba apunto de vociferar algo cuando se escuchó el
crujido. Pensé que los españoles habían empezado a lanzarse huevos, pero no, se
habían cayado y miraban la tele. -¿Qué
lo ha matado?- dijo Maite. -¿Y la roja?- gritó Jaime, tras ver la repetición,
que repetía la patada y el dolor de Alonso. Tras una discusión sobre las
capacidades criminales de De Jong, todos nos volvimos a concentrar en el
partido.
De la tortilla de papas no se habló más durante el primer
tiempo. A la mitad del tedio del segundo tiempo, y con la proximidad de los
tiempos extras, nos dio hambre. Las botanas no habían sido suficiente y nos
hacía falta la tortilla. Menos los ingleses y los españoles, todos terminamos en
la cocina, mirando las papas, el aceite y los cartones de huevos, como si fueran
la caja de Pandora. Finalmente, la chica griega, ojizarca y quizá llamada
Olimpia, pidió la computadora. Encontró una receta y nos pidió que peláramos
las papas.
Dos tortillas opulentas salieron de la cocina al empezar el
segundo tiempo. Los ingleses la rechazaron (No,
thank you… too rich for my palate), igual que los españoles, con su
dignidad de cristianos viejos, y argumentando el nervio de la final que parecía
irse a penales. Los demás devoramos el manjar, dejando cualquier cantidad de
elogios y la rebanada más grande a Olimpia.
Encuentro, en la literatura de Trápaga, una obsesión recurrente con el arte culinario, texturas y sabores, embebida siempre en la idea de la traducción y su imposibilidad. Aquí, la receta de cocina se inserta como la clave textual para descifrar lo intraducible y representa una complejidad de la otredad que el futbol, con sus maniqueísmos, reduce a un esquema simplista, a una serie de finales de futbol que siempre "son aburridas".
ResponderEliminarHay, claramente, tres líneas que entretejen el texto: el futbol como evento deportivo histórico que provee una especie de tapiz sobre el cual trazar la acción; la tortilla de patatas como alegoría del vacío identitario, de la superficialidad del nacionalismo y sus señas de identida; y el acto de violencia en la esfera del partido como una irrupción de lo Real en un escenario que de otro modo quedaría articulado como un guiñol burgués en el que la emotividad ha perdido terreno ante lo rutinario o primario (un futbol sin sentmiento, la necesidad de alimentarse). Esa irrupción de lo Real es, sin embargo, insuficiente. Al final la violencia ejercida sobre Alonso por De Jong se incorpora en el patrón cronológico, el tapiz histórico de las finales mundialistas y el intento de una reivindicación radical, de una asunción verdadera del yo político de los españoles, queda reducida a una conversación de domingo.
Implícita aquí está la idea del nacionalismo como una falsedad fundada en el desconocimiento del yo, un yo que aparece anclado en un vacío – semejante a un lacaniano objet a. Es decir, los españoles del cuento fundan su identidad en un partido de futbol sin interés, y en un hecho culinario que son incapaces de reproducir. El ataque sobre Alonso los obliga a tornar su atención a sí mismos, a esos endebles bastiones de identidad que podrían sugerir una reacción colectiva, una toma de conciencia. Esta posibilidad de ruptura, no obstante, es una quimera. La apatía inicial retorna, simbolizada en la reaparición del hambre.
Curioso aquí que sea la griega Olimpia quien lleve a cabo el 'performance' de identidad de los españoles. Olimpia, vista como la casa de Zeus, puede sugerir el elemento creador, la humanidad en abstracto que se queda con "la rebanada más grande. Olimpia, interpretada en su alusión a la sede de los juegos olímpicos, podría apuntar a la necesidad de un mosaico-mundo de mayor complejidad, donde las identidades interactúen en múltiples y permeables negociaciones de afirmación y pertenencia y no en un esquema binario de ganadores y perdedores. Olimpia, como referencia al mundo griego, a Sofía, es el puente que derrota el reduccionismo nacionalista, alimentando, nutriendo, traduciendo el lenguaje co-optado por un solo grup, en un lenguaje universal del que puedan comer todos.