jueves, 19 de junio de 2014

Herencias




Se acabaron las anécdotas. No volví a ir al estadio y he olvidado, parcial o totalmente, todas las veces que lo vi por televisión. Tiene que ver con las genealogías personales. Sí, si el futbol nos gusta o no nos gusta no es porque no podamos disfrutarlo. Hay en él algo tan universal como ciertas formas de la pornografía. A todos interpela, apela, emociona, aunque no nos guste. La explicación de esta manera de universalizar el placer es quizás tan elusiva como el placer mismo. Quizás yazca en la trayectoria siempre incierta de la pelota, produciendo en nuestras mentes garabatos de la más refinada abstracción. Quizás en la manera en que los jugadores soportan el dolor de cada tacleada y los cabezazos que por momentos les suspenden la conciencia. O incluso los gestos ridículos que acompañan cada gol, donde el hombre deviene mono, deviene ave, deviene Michael Jackson. Ya en el lado de lo que importa a los sociólogos y no a los historiadores del arte, quizás este universalismo recaiga en la defensa de una identidad. Es por eso que el futbol es una herencia, parte de una genealogía identitaria.

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Mi padre es una nacionalista exacerbado, pero a él, como a mí, no le gusta el futbol. Más bien, a mí como a él no me gusta, aunque lo disfrutemos.  Si lo hemos visto o lo hemos jugado, no lo recordamos. Aquí también la razón es simple: Rusia jamás ha ganado una copa del mundo. Allá, dicen, todavía tiene sentido la guerra. No ha sido sustituida por pop, futbol y palomitas. Y mi papá, aunque es mexicano, daría la vida por Putin, Stalin y el zar Nicolás II, en ese orden.

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Pero este año Rusia fue al mundial. El otro día vi cómo le metía un gol a Corea (del Sur, por supuesto, Corea del Norte, dicen, es de los que aún hacen la guerra y no van al mundial). Después apagué la tele (más bien, la compu), aunque no había acabado el partido. No sé quién ganó. Me gusta imaginar que del otro lado del mundo mi papá estaba metido en su cama – que no tiene colchón, como en las barracas – y gritó en solitario su primer gol. Aún así creo que si le preguntara por el partido me contestaría que el futbol es para idiotas. De última, Rusia todavía está lejos de ganar un mundial.

1 comentario:

  1. Hay, en este cuento de Polgovskaya, una melancolía que supera el fácil sentimentalismo. La primera frase, contundente, plantea un mundo sin trivialidades, donde lo que queda es el material duro e intacto del recuerdo. La reflexión filosófica de la autora, es aquí, inapelable. El futbol como un acto de deseo imposible de rechazar se torna la excusa para explorar la herencia, ya no en términos genéticos o de costumbres, sino en una escala libidinal; la posibilidad de heredar impulsos, deseos, oscuridades.

    El retrato del padre es sólido y conmovedor por su economía. En esa administración precisa de la palabra es donde Polgovsky entrega no una viñeta, sino un cuadro de minimalismo impresionista, si tal cosa es posible. Y si no lo era, creo que en este cuento Polgovskaya acaba de inventarlo.

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