sábado, 21 de junio de 2014

México 86


Paralela a su vida, había otra que fluía como cloaca abierta. Se podía oler en sus gestos dispersos, en su mirada recelosa y en el aceite de sus manos gruesas. Paralela a su vida estaba esa otra vida, cultivada y olvidada con la paciencia y desidia de un campesino que amó y luego abandonó sus tierras. Argentina contra Irán jugaban en dos dimensiones cuando le vino esta idea a la mente, larguísima como solsticio de verano. La idea se extendió por su ceño y no oscureció hasta agotarse el día, entre sombras de sauces que empequeñecían. Sentado en la terraza del Anchor, Callum alternaba la mirada entre su reloj, la pantalla del televisor y los remolinos de gente que se juntaban en los alrededores del molino y en torno al río. Puesto, el jersey blanco de su equipo, en la mano, una pinta casi negra y el sol pegado como estampa a su frente lampiña y extensa.
         Todavía el arbitro no silbaba los cuarenta y cinco pero los argentinos febriles festejaban un primer tiempo sin goles como si ya fueran campeones de alguna cosa. Callum se acomodó el cuello de la camiseta abriendo el pecho, como si en ese movimiento hubiera gritado el nombre de Inglaterra. Aún sin mundial qué jugar, siempre Inglaterra.
         En tono alto, muy alto, las porras de los extranjeros se elevaban como cánticos a un dios pagano y Callum pensaba en las ventanas del edificio de enfrente, gris, brutal como el mar de su infancia; venía de una ciudad con costa y viento como sólo se dan en ciertos golfos. En silencio, disfrutaba el mal juego, la pereza de los jugadores, el letargo del enano Messi. Con los ojos verdes acariciaba los ventanales del edificio gris y con la mente la idea de que los eliminaran y al gordo Maradona le diera un ataque al corazón –por obeso e inmundo; porque una arteria tapada tendría que tener, porque era buena hora para que por fin se muriera.
         El edificio era feo pero tenía enormes ventanas. Él había conocido esas ventanas en una fotografía tomada varios años antes que un amigo de un amigo le había enviado. Las conocía por dentro. Apenas ahora podía verlos juntos, ventanas y edificio. Adentro de las ventanas, pequeñas figuras se sugerían entre reflejos. Callum ponía la vista en esas siluetas preguntándose sin alguna de ellas estaba lo que él venía, desde hace tiempo, buscando. Dio tragos largos y esperó, con el sonido de fondo que era el televisor y sus feligreses albiazules. No vio ningún iraní.
         En cambio la vio a ella; la había encontrado. La silueta adquiría forma y se apeaba por los adoquines de la calle. Una Iliada y una Eneida para ese reencuentro, para verla a ella apresurarse por la banqueta y rumbo a él, como si lo hubiera visto, como si todo ese tiempo de ausencias y persecuciones y jueces y mudanzas y órdenes de restricción y policías, como si todo ese tiempo se hubiera borrado y ahora fueran solamente ella y él, juntos, para siempre.
         Era la primera vez que la veía en cuatro años, cuando ella desapareció en vísperas del mundial de Sudáfrica. Esa vez los alemanes los habían eliminado pero se resarcieron cuando les hicieron el favor de aplastar a Argentina. Ésa vez no había habido mano divina que los salvara, a esos perros, argentinos, tramposos y sucios, como Maradona, como el edificio que ahora la escupía a ella. Todo ese tiempo ella había estado en Cambridge y él sin saberlo.

Callum se puso de pie al verla bajar las escaleras hacia la terraza. Sintió el terror de una revelación que finalmente se concreta; había algo en ella, no su gesto asustado, arado con sorpresa sino en su cuerpo, en su figura cada vez más cercana, esos colores, ese jersey blanco y azul, como el del hombre rubio que la recibía en sus brazos.
         Messi anotó un gol. La turba explotó entre ella y él, hendiendo una zanja de mundo entre ambos. Callum desapareció, en el espiral de gente para no volver a pensar en ella, ni en Argentina, ni en ese estúpido juego.

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