Paralela a su vida, había otra que fluía como cloaca abierta. Se podía
oler en sus gestos dispersos, en su mirada recelosa y en el aceite de sus manos
gruesas. Paralela a su vida estaba esa otra vida, cultivada y olvidada con la
paciencia y desidia de un campesino que amó y luego abandonó sus tierras.
Argentina contra Irán jugaban en dos dimensiones cuando le vino esta idea a la
mente, larguísima como solsticio de verano. La idea se extendió por su ceño y
no oscureció hasta agotarse el día, entre sombras de sauces que empequeñecían. Sentado
en la terraza del Anchor, Callum alternaba la mirada entre su reloj, la
pantalla del televisor y los remolinos de gente que se juntaban en los
alrededores del molino y en torno al río. Puesto, el jersey blanco de su equipo,
en la mano, una pinta casi negra y el sol pegado como estampa a su frente
lampiña y extensa.
Todavía el arbitro no
silbaba los cuarenta y cinco pero los argentinos febriles festejaban un primer
tiempo sin goles como si ya fueran campeones de alguna cosa. Callum se acomodó
el cuello de la camiseta abriendo el pecho, como si en ese movimiento hubiera
gritado el nombre de Inglaterra. Aún sin mundial qué jugar, siempre Inglaterra.
En tono alto, muy alto, las
porras de los extranjeros se elevaban como cánticos a un dios pagano y Callum
pensaba en las ventanas del edificio de enfrente, gris, brutal como el mar de
su infancia; venía de una ciudad con costa y viento como sólo se dan en ciertos
golfos. En silencio, disfrutaba el mal juego, la pereza de los jugadores, el
letargo del enano Messi. Con los ojos verdes acariciaba los ventanales del
edificio gris y con la mente la idea de que los eliminaran y al gordo Maradona
le diera un ataque al corazón –por obeso e inmundo; porque una arteria tapada
tendría que tener, porque era buena hora para que por fin se muriera.
El edificio era feo pero
tenía enormes ventanas. Él había conocido esas ventanas en una fotografía
tomada varios años antes que un amigo de un amigo le había enviado. Las conocía
por dentro. Apenas ahora podía verlos juntos, ventanas y edificio. Adentro de
las ventanas, pequeñas figuras se sugerían entre reflejos. Callum ponía la
vista en esas siluetas preguntándose sin alguna de ellas estaba lo que él venía,
desde hace tiempo, buscando. Dio tragos largos y esperó, con el sonido de fondo
que era el televisor y sus feligreses albiazules. No vio ningún iraní.
En cambio la vio a ella;
la había encontrado. La silueta adquiría forma y se apeaba por los adoquines de
la calle. Una Iliada y una Eneida para ese reencuentro, para verla a ella
apresurarse por la banqueta y rumbo a él, como si lo hubiera visto, como si
todo ese tiempo de ausencias y persecuciones y jueces y mudanzas y órdenes de
restricción y policías, como si todo ese tiempo se hubiera borrado y ahora
fueran solamente ella y él, juntos, para siempre.
Era la primera vez que
la veía en cuatro años, cuando ella desapareció en vísperas del mundial de
Sudáfrica. Esa vez los alemanes los habían eliminado pero se resarcieron cuando
les hicieron el favor de aplastar a Argentina. Ésa vez no había habido mano
divina que los salvara, a esos perros, argentinos, tramposos y sucios, como
Maradona, como el edificio que ahora la escupía a ella. Todo ese tiempo ella
había estado en Cambridge y él sin saberlo.
Callum se puso de pie al verla bajar las escaleras hacia la terraza. Sintió
el terror de una revelación que finalmente se concreta; había algo en ella, no
su gesto asustado, arado con sorpresa sino en su cuerpo, en su figura cada vez
más cercana, esos colores, ese jersey blanco y azul, como el del hombre rubio
que la recibía en sus brazos.
Messi anotó un gol. La
turba explotó entre ella y él, hendiendo una zanja de mundo entre ambos. Callum
desapareció, en el espiral de gente para no volver a pensar en ella, ni en
Argentina, ni en ese estúpido juego.
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