sábado, 28 de junio de 2014

Penales

No vi el juego, vi el final del juego.

Estaba haciendo otra cosa antes; cenando sin hambre y pensando en el día tonto, en irme a casa a aspirar y poner un par de cargas en la lavadora. Doméstica y vana, resignada a que este sábado sería un limón seco. No se escribirán mil doscientas palabras de genio en una tarde en la que llueve y se compone del mismo modo en que la luz de mi cuarto se enciende y apaga a voluntad, porque no he tenido la diligencia de reportarla. Al minuto ochenta y tres N me envió un mensaje para preguntarme si lo estaba viendo.

No. 

Revisé el marcador y vi el 1-1.

Shiiiit!!!

Estaba en la oficina. Al lado tenemos una sala social diseñada, entre otras cosas, para ver la televisión en pantalla gigante. Un tipo al que nunca había visto antes se me había adelantado y veía con atención el descanso de los jugadores antes de que comenzara el tiempo extra. En Cambridge había llovido y ni en la calle, ni en la oficina, ni en el parque que se puede ver desde el tercer piso, en ningún lado había otra alma. No puedo decir mucho de esos minutos porque para esas cosas tengo poca memoria. Antes había pensado escribir sobre personas que se tiran al mar; sacrificios humanos para un dios tan sordo y tan bruto como sus feligreses. Estando frente a ese televisor, sin embargo, en esos momentos en los que solamente existíamos el extraño, yo y el absurdo espectáculo de nuestra esperanza, supe que sería otra cosa.

El tipo claramente le iba a Chile, como yo. Estábamos igual de solos. Yo con mi teléfono que no tiene Internet, él con las manos vacías sobre sus mejillas de héroe antiguo, su gesto de samurai. Comenzaron los penales y yo me tallaba el rostro, miraba por la ventana hacia cualquier parte; detesto los penales. Él se sumergía en la pantalla prendido de un rezo silencioso. Chile falló los primeros dos pero no el tercero.

Ése es el momento.

Chile anotó su tercer intento y yo me levanté del asiento, explotando en un grito profundo cuya fuerza era ajena a mí. Al final de mi grito lo encontré a él, el extraño. Su grito y el mío hacen eco en mi oído como hermanos que viajaron juntos y desaparecieron tras un túnel. Gritamos y nos miramos y nos reconocimos. Al final de esta historia Chile pierde y el tipo se va. Es así cuando se acaba el tiempo. Sin embargo ha ocurrido una cosa: he buscado la soledad ya por varios minutos y es hora que no aparece.

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