Cuando Romero paró el segundo penal,
Andrés y yo nos vimos, nos abrazamos y corrimos hacia su cuarto para ponernos
los zapatos. Había que ir al Obelisco. Había que saltar toda la noche. Él
llevaría cornetas y una bandera amarrada como capa por la espalda. Yo nada, el
entusiasmo. No tenía la camiseta del equipo pero no importaba. Esa noche todos
éramos argentinos, camisados o descamisados, rubios o morochos, peronistas o
radicales. Llamé a Violeta, la vecina, para invitarla, aunque no contestó.
Había en el edificio una quietud extraña para la intensidad de esa noche. En el
barrio las calles estaban también quietas y vacías, las luces apagadas,
las cortinas impávidas. Las veredas, como siempre, cubiertas de caca de perro.
Había frascos de cerveza tirados y bolsas de plástico oscurecidas por la
humedad. Ningún banderín en el asfalto.
Esperamos más de veinte minutos en la
parada del bondi. Pasó un autobús con dirección Chacarita, pero no llegó el que
pasa por Catedral y el Obelisco. Así que decidimos caminar hacia otra parada,
al fin que nos habíamos preparado para una noche blanca, como dicen los
franceses cuando en toda la noche uno no pega los párpados. Entonces cantamos.
Nos dispusimos a atravesar el silencio con nuestras porras para el equipo,
porras para Messi y Di María, una especial, fuerte y sostenida para Romero.
Pero la densidad quebradiza de nuestro dúo vocal no logró llegar muy lejos de
nuestros oidos Sin importar la dirección que tomáramos, las calles ofrecían
poco más que la luz punzante del alumbrado público. Y, uno tras otro, casas y
edificios parecían cercados por cortinas de invierno y candados de
ciudad.
Pero si acabamos con esos forros
holandeses, pensé. Es imposible que la gente esté dormida, que todos estén
dormidos. ¿Está dormida?¿Perdimos Andrés? ¿Te parece?, dije, alternando palabra
con silencio, palabra con silencio. Y nosotros, ¿por qué estamos despiertos?
Seguimos caminando compulsivamente,
cuadra tras cuadra. La quietud se fue robando lo poco que teníamos para
decirnos. Caminábamos erguidos hacia el centro sin detener el paso. Ya la
fiesta parecía importarnos menos que la curiosidad de saber si estábamos vivos.
De repente irrumpe Rulfo y Buenos Aires es Comala y Pedro Páramo el mundial. Nunca pensé ver nombres como Messi Di María y Romero en una obra de Mara, los sacrificios que se hacen por el arte!
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