Desde la ventana empañada del estudio, Enrique veía a Ricardo
pelotear bajo la lluvia, esperando a que silbara la tetera. El balón se oía
pesado, chocando contra la pared sus gajos pelados e interrumpiendo el
ritmo pesado de la lluvia. El balón se escondía entre el agua, dejando la ridícula
silueta de Ricardo moviéndose solitariamente como la sombra de un demonio
chocarrero.
El té quedó listo. Enrique volvió al escritorio con su taza y
retomó la lectura de un volumen empastado en terciopelo verde. Dio un sorbo y las
palabras comenzaron a acallar la lluvia y el balón. Por un instante
hubo silencio en el estudio de Enrique: Ricardo quieto como una figurita de
plástico, la salida del sol, un punto y aparte; luego, la erupción del vidrio,
las astillas junto a la tetera y los últimos dos botes del balón mojado sobre la
alfombra como pasos de hipopótamo.
Buena!
ResponderEliminarBien Lacaniano!! genial! ¿los primeros botes fueron sobre le libro?
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