viernes, 13 de junio de 2014

Siempre en domingo


Ya habiendo pasado por El Capital y el prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política (pero sin haber leído aún el 18 Brimario), al comienzo apenas de mis estudios en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, estudios que abandoné incluso antes de leer el Bumario, me llegó un día la certeza post-adolecente de que, antes de morir, tenía que ir a un partido de futbol. Bueno, un partido de futbol y otra cosa: un concierto de rock. Ya había tenido sexo, así que de eso no debía preocuparme y algunas veces agregué a la lista, para luego tacharlo, darme un toque de mota. Ir al estadio, pensé (convencida), sería como tener una experiencia revolucionaria, donde el individuo se despoja de sus miedos burgueses para integrarse finalmente al pueblo. Ahí no habrá lucha de clases sino meras formaciones contingentes compitiendo frente al azar, cada hombre únicamente provisto de su cuerpo, esculpido como un Altas, monumental, pero despojado de cualquier velo o armadura. Leí entonces a Galeano, entendí que el futbol era el espacio que da a cada ser lo que su trabajo le depara, siendo el esférico la más precisa geometría de la justicia. Sí, me dije, si el mundo ama este deporte es porque la creencia en la justica es más fuerte que los motores del capital y la mitología de la nación, superando incluso la instanciación del hombre en individuo, es decir, convirtiéndolo en un sujeto revolucionario, motor de la historia. Tardé apenas unos meses en ahorrar suficiente para el boleto. Ya en el estadio me senté sola en la tercera grada y me compré una caguama en vaso de unicel. Durante noventa minutos estuve intentado descifrar dónde estaba la bola, pero no me perdí ningún gol. De hecho, el marcador quedó cero a cero. Fui de las últimas en salir del estadio. Su topografía, recuerdo, estaba toda punteada por los minúsculos reflejos de los vasos de unicel. Había también algunas banderas en el piso, acompañadas por cascos vacíos de petardos y rollos enteros de papel higiénico eufóricamente propulsados hacia el césped.

Aún no había leído el Brumario. En el metro, camino a casa, recogí uno de esos periódicos que la gente deja en el asiento y me puse a recorrer la sección de conciertos del diario dominical.

2 comentarios:

  1. Anoche casi me sentí motor de la historia! Muy buena tu aculturación futbolística.

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  2. Vientos, tendremos que llevarte otra vez ahora que ya leíste el 18 Brumario.

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